viernes, 3 de abril de 2009

La inmortalidad

Todo empezó el día que vi una radiografía del tumor que tenía mi padre en la cabeza. Medía cuatro centímetros y estaba alojado en la base del cráneo. Lo mató en cuatro meses. A partir de ahí no he podido dejar de pensar en la muerte y en lo que me dijo el médico que lo atendía: "Cuando el cáncer se manifiesta es porque lleva años dando vueltas por el cuerpo". Enseguida me puse manos a la obra. Conseguí que un amigo me hiciera un TAC, una gammagrafía, citología, análisis de sangre... Todos los viernes me pedía cita con el médico de cabecera: Doctor, me duele el pecho derecho. Vaya a hacerse una ecografía. Resultado, una displasia común y corriente. Doctor, necesito que me vea un ginecólogo... Usted está perfecta, jovencita... Fue así como me convencí de que no tenía cáncer... Hasta que un día en la playa, apoyé la cabeza encima de mi brazo derecho y alguien me dijo: ¿qué es ese bulto que tienes ahí? Madre mía... cáncer. Pedí cita con el médico de cabecera. Mi médico (ya está mayor y le queda un telediario para jubilarse) me dijo áspero: quítese la blusa y túmbese en la camilla. Me tóco varias veces el bultico, con un becario al lado que no me quitó los ojos del pecho. ¿Es un tumor doctor? No. Es una mama. No puede ser. ¿Si yo salí de mi casa con dos tetas, cómo voy a regresar con tres? A mi médico no le hizo gracia mi comentario. Me miró con cara de te vas a cagar por la pata. Para estar seguros, vaya a hacerse una punción. Y me la hice. El especialista que me atendió en el hospital flipó en colores. ¿Pero si esto es un vulgar golondrino? ¿Cómo te mandan a hacerte una prueba tan seria? Hágamela, que mi vida está en peligro, dije interpretando mi papel. Lo que me pudo doler no está escrito. Fue la última vez que vi a mi médico de cabecera. No he ido a recoger el resultado de la prueba. Si fuera cáncer, ya me habría llamado. Para cuando lo haga habré terminado un libro sobre la inmortalidad. Se llama "La vida no vale nada". En él he leído una historia preciosa, la de un príncipe de Georgia que estaba tan preocupado con ser inmortal que abandonó su reino en su busca. Caminó... caminó... hasta que encontró a una mujer hermosa que le dijo: "Mientras me mires, serás inmortal". Así pasó el príncipe varios siglos hasta que le entraron ganas de ver de nuevo a su madre y de volver a su reino. Antes de despedirse de la diosa de la inmortalidad, ésta le regaló dos flores, una roja, para envejecer, y una blanca, para morir. Cuando el príncipe llegó a su reino, todo estaba muy cambiado. Se dirigió al primer hombre que encontró y le preguntó por el reino de su madre. El hombre le dijo que una leyenda contaba que había muerto de tristeza tras perder a su hijo, el príncipe que salió en busca de la inmortalidad. Con ella, también había desaparecido su reino. El príncipe se sintió tan desolado que decidió entonces oler la flor roja y de tan viejo que quedó le fallaron las fuerzas para oler la blanca. El hombre que tenía al lado se la acercó a la nariz y el príncipe que había conseguido ser inmortal, murió.




3 comentarios:

Didac Udagoien dijo...

si nos dedicáramos a vivir,
no necesitaríamos pensar en la inmortalidad.

tcosta dijo...

Tienes toda la razón. Llevo un par de años perdidos, pensando en que me voy a morir.

Conde Niño dijo...

De un tiempo a esta parte yo también tengo la misma monomanía, créeme. Pero precisamente hace dos post le he puesto punto final en mi blog. Y si hace falta me pongo "La vida es un carnaval" de Celia Cruz. Ea.