viernes, 8 de mayo de 2009

¿Qué pasará en La Habana?



Llegó a La Habana el 20 de octubre de 2004, pero no fue hasta que regresó a España que se enteró de que Fidel Castro había sufrido una caída sin más que, como todo aterrizaje forzoso con público de por medio, arrancó carcajadas a unos; despertó expectativas y ambiciones en otros y hoy es símbolo del principio del fin. Dos años después, el entonces presidente de Cuba dejaba informalmente el poder debido a una enfermedad que sigue siendo secreto de Estado. Ella no sabe qué será de los suyos cuando llegue la hora cero.



La noticia de la retirada oficial de Fidel Castro le tomó por sorpresa. Llamó a La Habana asustada. Eran las diez de la mañana en España, cuatro de la madrugada en Cuba. Despertó a su hermano. "¿Ha pasado algo grave?", preguntó el chico. "Fidel se va, de verdad, esta vez es verdad, se va", le contestó eufórica. "¿Para eso tú me despiertas? Ya estás hecha una europea. Aquí eso no importa".



Regresó a La Habana el 31 de julio de 2006. Su padre estaba ya muy malito. Un médico militar prometió probar con él unas vacunas contra el cáncer, pero le pidió que no se hiciera ilusiones. De qué sirve esta advertencia... Cuando un padre se muere, un hijo se agarra a la esperanza y no la suelta. Una noche, sentada a la orilla de la cama, le dijo: "Papi, Fidel ha dejado el poder, está muy enfermo". Y el padre que era militar, con el poco aliento que le quedaba le dijo: "Y yo, hija, y yo".


Sentada frente a la tele, ella tropezó con el humor catalán de Andreu Buenafuente. Los cubanos ya pueden entrar a hoteles, "ahora hace falta que tengan dinero para pagarlos". Qué cruel. Este hombre no sabe lo difícil que es ser cubano, pensó. Y terminó riendo, y eso que no le pilla muy bien el acento a Buenafuente. Es como cuando vas al cine a ver una peli argentina. A veces, te pierdes.

Esta historia podría terminar así:




Pero ella teme por los suyos. Sobre todo por su padre, que está enterrado en el panteón de los héroes de la patria. ¿Y si Fidel Castro se muere de un día para otro? ¿Y si destrozan el cementerio? ¿Y si el barrio marginal donde vive su madre arde? ¿Y si las cosas no vuelven a ser como antes? ¿Y si se muere de tristeza? ¿Qué Cuba prefiere? ¿La de las noches de fiestas interminables o la del todos somos iguales: chusma y médicos en un mismo contenedor; intelectuales panfletarios y pensadores honestos firmando en la misma revista; curas católicos que tienen hecho santo de la religión Yoruba... A ella le gusta esa Cuba. Única. Contradictoria, colgada del gancho de una carnicería.



¿Qué pasará con la Cuba de hoy, la Cuba mestiza que aún no ha superado el racismo de los años 50? ¿Qué pasará con los negros, con los ancianos, con las madres que han perdido sus hijos en balsas de camiones en dirección a la Florida o las del club del nido vacío, esas que tienen a los suyos en Europa o en la Conchinchina? ¿Qué Cuba prefieren? ¿La de la hight life o la de tambores y consignas?



Entre tantas dudas, se sienta a esperar a que las cosas cambien a mejor en Cuba. La vida se le está yendo en esa espera que la consume. No se decide a empezar nada por si tiene que regresar. Salió de La Habana hace 10 años con ganas de comerse el mundo y la nostalgia se la ha comido a ella. Tiene más de lo que soñó, pero de qué sirve si no lo puede compartir con la gente que le importa. No hay nada como el sitio donde uno ha nacido. Y eso que en Cuba apenas le quedan amigos. Casi todos se han ido. De los que siguen allí, la mayoría quiere irse. Sólo un par de ellos le han confirmado que se quedan, pase lo que pase. Quieren ser los últimos. Y al último le tocará apagar el faro del Morro. ¿Qué pasará en La Habana si todos se van? ¿Qué buscan los que se van? ¿Libertad? ¿Futuro? ¿Dinero? ¿Sueños? Una palabra no dice nada y al mismo tiempo lo esconde todo...



Él acaba de llegar a España. Lo ha hecho en plena crisis esconómica. Venía con la esperanza de empezar una nueva vida. Pero en Europa la vida no se empieza con la celeridad con que uno desea. No tiene dinero para llamar a su novia de toda la vida, que se quedó en Cuba con la promesa de que muy pronto estarán juntos de este lado del mundo, y se comunica con ella por teléfono, pero con llamadas perdidas. Una, es un beso. Dos, un te quiero. A tres no llega, no sea que le responda y dos euros y pico el minuto es un asalto a mano armada. Él dejó en Cuba un trabajo en el puerto de La Habana. Su jefe era un español que le pagaba 50 euros al mes y le hacía trabajar como si su salario fuera en lingotes de oro. Pero era un buen trabajo. En España no hay trabajo. Y él está triste. Echa de menos a su madre, que se quedó sola, y a su chica que cada noche, cuando sale de trabajar en un centro comercial en el que pasa el día de pie, se va a un hospital a pedir a cualquier médico que le deje mandar un e mail desde su correo electrónico para escribirle una cartica. Se quieren. Pero tardarán mucho en volver a verse. Si vuelven a verse algún día.

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