jueves, 20 de agosto de 2009

Kilómetro cero


Empecé el Camino de Santiago, desde Sarria, el martes 4 de agosto. Iba nerviosa. Pensaba que la cura espiritual de la que habla la gente era una leyenda urbana. No lo es. Cuando te levantas a caminar a las 5.30 horas, después de dormir en un albergue con una veintena de desconocidos, tienes un par de horas, hasta que amanece, para conocer peregrinos, porque si no llevas linterna, tienes que juntarte con los que la lleven. Yo conocí a un angelito de 22 años. Era polaco y por lo poco que contó, intuí que traía el corazón destrozado. Marchaba solo y a buen ritmo. Mi compañera de viaje, agobiada por las ampollas, no podía mantener nuestro paso y le pedí al chaval, que se llamaba Gregorio, que siguiera solo. Me dijo que no, que iría más despacio, pero que quería llegar con nosotras a Portomarín. (Habíamos salido juntos del albergue municipal de Ferreiros). Así lo hizo. Desayunamos en un mirador precioso sobre el Miño y comprendí que ese muchacho iba a terminar el Camino hecho un hombre. Otra madrugada, nos sumamos a la marcha de una familia vasca. Iban a un ritmo inhumano, con ansiedad y mala hostia. De pronto se pararon y dijeron que estábamos perdidos. Mi compañera de viaje, para salvar la situación dijo: "No pasa, nada, el que tiene boca, se equivoca" y la única vasca del grupo respondió: "Y los que marchan como borregos también". Yo no me lo pensé dos veces, di media vuelta y regresé al punto de partida. Habíamos salido del albergue de Gonzar a las 6.00 horas y a las 8.30 horas, estábamos en el punto de partida. Entre tres y cinco kilómetros en vano. Ese día comprendí que cuando las cosas no salen como uno quiere, lo mejor es empezar de cero y lo más importante, a la hora de marchar hacia Santiago de Compostela, lo único que hay que seguir es la flecha amarilla. Uno no puede fiarse de la gente que lleva tanta prisa.



No hay comentarios: