jueves, 20 de agosto de 2009

La monja Barceló

En el Camino a Santiago de Compostela no te da tiempo a intimar con la gente. Los peregrinos, en la mayoría de los casos, no se intercambian teléfonos ni correo electrónico. Se conocen, intercambian alguna confesión que en condiciones normales no harían y desaparecen los interlocutores. Pero luego, al menos es mi caso, te acuerdas de esas personas que se han sincerado contigo y con los que tú te has sincerado. Algunos están en las fotos y otros, en la memoria.

Primitiva, la lentica (a la izquierda de la foto). Es la encargada del albergue público de Ferreiros. Es la mujer que más lento escribe en toda Galicia. Para inscribir a 22 personas tardó una eternidad. Dibujaba los nombres con un cuidado exacerbado. Además de lentica es cariñosa y muy buena persona.



La monja Barceló: Llevaba un rato caminando detrás de ella, sin mirarla. Fue en el tramo que hice entre Melide y Ribadiso Baixo. Ella iba con otra mujer y llevaban buen ritmo. De pronto reparé en su mochila. Llevaba inscrita una publicidad del Ron Barceló y me hizo mucha gracia. Hay que ver cómo se las gasta la iglesia, pensé, jajajaja.


La viejita del bosque: La vi marchar con pasito de hormiga por el bosque. El lugar en el que la fotografié no quedaba cerca de ningún caserío. No sé lo que habrá tardado en llegar a su destino. Le pregunté:"¿Me deja hacerle una foto?" y me constestó:"Claro, hija".

El follonero (de azul, a la derecha). Con este chico discutí en el albergue público de Ribadiso Baixo. Yo me había hecho 28 km en 6 horas. Había salido de Palas del Rei a las 6.00 horas y llegué a Ribadiso a las 12.45 h. A la una en punto, reparten las literas, por tres euros la noche. Cuando el follonero pidió el último, yo le dije que era yo y que venía con 5 chicas más. Él no me dijo nada. Cuatro de las chicas llegaron poco a poco. Venían detrás. Eran cuatro maestras de Albacete que conocí por el camino y con las que hice buenas migas. La última era mi compañera de viaje, desde Murcia, que venía muy mal y muy lenta. Aún así, llegó antes de que nos dieran las camas. Cuando la vio llegar, el follonero dijo que mi amiga no se podía meter porque no estaba en la cola como todo el mundo y apeló a un código no escrito de los peregrinos. No sé si por el cansancio o por el hambre, pero doy por hecho que este chico nunca antes había visto a una mujer tan enfadada. Al final, mi amiga sí cogió cama y para empeorar las cosas, a este chico le tocó una litera muy cerca de la mía. Yo me duché, me serené un poco y cuando iba a salir del albergue, me miró y sonrió con ganas de hacer las paces. Pero yo no le correspondí. Entonces se me acercó a hablar y la gente flipaba de vernos, cinco horas después, discutiendo de lo mismo. Al final hicimos las paces. Nos repartimos la razón a medias y él me dijo que lo hacía porque había venido a buscar la paz en el camino y no quería dejar enemigos detrás. Me pareció un buen motivo. Yo lo hice porque tenía la mitad de la razón y porque el crío, catalán, jugador de fútbol sala del Casteldefels se veía buena persona. No recuerdo cómo se llama. Para mí es el follonero del Camino. (En la foto también sale Noe, una de las chicas de Albacete y un peregrino que había hecho el Camino 10 veces y que me advirtió de que no fuera a las Islas Cíes porque no eran nada del otro mundo).

El hippie de San Diego, California. Coincidí con él en el tramo entre Ribadiso Baixo y Santa Irene. Él iba con un niño. Yo ese día caí con la regla e iba con diarreas porque había bebido agua del grifo. Así que tuve que parar en todos los bares que aparecían por el camino. Lo tomé a él como referencia. Si no lo veía, apretaba el paso. Así me aseguraba de que llegaría antes de la una para coger cama. Luego en el albergue de Santa Irene, coincidimos. Por la tarde nos sentamos a conversar y me contó que era vegetariano, justo cuando yo halagaba un filete de ternera exquisito y unas lentejas con carne, espectaculares, que me había comido un ratico antes. Tampoco recuerdo su nombre. Leía un libro precioso (por la encuadernación y el papel reciclado), sobre psicoanálisis. El niño que le acompañaba era su hijo, de 11 años y él, de 36, nunca había vivido con la madre del niño. Hacía el camino con el ánimo de hacer deporte y ver castillos, porque en San Diego no los hay.

El niño de la langosta. Éste es el hijo del hippie de San Diego. El niño hablaba español con acento mexicano. Es muy gracioso y le gustan mucho los animales. El día anterior a nuestro encuentro en el albergue de Santa Irene, había cumplido 11 años y su padre le compró lo que él quería: una langosta. Cuando la abrió, y vio que tenía huevos dentro, sintió asco: él quería una langosta macho. Entonces tocó a la puerta de mi habitación y me dijo: "Te la comes tú, por favor". Le dije amablemente que no, porque esa carne es demasiado fuerte para comerla tan tarde. El caso es que el niño quiere ser biólogo. Sufría porque en Galicia se come mucho pulpo: su animal favorito. El hippie de San Diego, su padre, me explicó que los pulpos cambian de color cuando están a gusto y que podría interpretarse ese gesto como "emociones", además, cuando eligen pareja, es para toda la vida.

Pierre. De padres gaditanos y residente en Barcelona, Pierre es francés. Lo conocí en Monte do Gozo. Compartimos un trozo de cuerda para tender la ropa recién lavada. Le pregunté si a los hombres les impactaban mucho los sujetadores color carne. Y me contestó que a los hombres lo que les importa es el relleno, pero que si va cubierto por un sujetador negro de encaje, miel, sobre hojuelas. Nada más conocerle no me cayó bien. Me pareció un poco fresco. Enseguida empezó, con su acento andaluz, guapísima, te invito a una cerveza. No, quiero estar sola, le contesté. Cuando me harté de estar sola, me fui a la cafetería del albergue y me pusé morá a Ribeiros. Cuando yo llevaba cinco o seis vinos, él llegó, se pidió una hamburguesa y se sentó en la mesa de al lado. Empezamos a conversar. Él me hizo algunas confidencias, yo le hice otras y al final de la noche parecía que nos conocíamos de toda la vida. Él no quiso beber y cuando le dije que me marchaba, me dijo que me invitaba a un helado de Kit Kat. Jajaja. Yo no sabía que había helados de Kit Kat, pero él sí había reparado en que yo me había pedido una cerveza y un Kit Kat cuando llegué al Monte Do Gozo. Era mi premio. Me hizo gracia y acepté el helado. Pero no había y me lo pedí de tres chocolates. Camino al albergue hacía una rasca tremenda. Pierre hizo amago de abrazarme y le pegué un codazo que me temo que le rompí una costilla.Al otro día me lo encontré en la cola de la Compostela. Me saludó con alegría y luego, cuando se iba hacia la estación a coger el tren hacia Barcelona volví a verlo, le hice esta foto y nos despedimos. Creo que es un buen hombre, pero para disimular su timidez, se pasa de listo. Entre las cosas interesantes que recuerdo de mi conversación con Pierre (ingeniero, 39 años) me dijo que los polvos que se echan los ex, lejos de unirles, les separan. Tomo nota.

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