jueves, 12 de abril de 2012

La hambruna de los 90

El programa Carrusel deportivo de la cadena Ser ha ideado una especie de maratón para reunir dinero, a través de mensajes de móvil que costarán 1,20 euros, para ayudar a los niños que están pasando la hambruna en el Sahel.
Yo sé lo que es el hambre, no hasta el punto de morir sino hasta el punto de desesperar. Viví la Cuba de los 90, cuando la caída del bloque socialista en Europa del Este y la antigua URSS, dejó el puerto de La Habana sin un solo barco.
Estudiaba Periodismo en la Universidad y tenía una beca para dormir y comer en el corazón del Vedado, en un edificio de 24 plantas en Fy 3ra. Yo vivía en el piso 21 y no había ascensor. De comida había sopa de zanahorias, ensalada de col y, a veces, pescado. A ese periodo negro de la historia de Cuba se le conoce como "periodo especial en tiempos de paz". En mi caso, tenía dinero, pero no tenía nada que comprar. Sobrevivía gracias a un compañero, Guillermo Morales-Catá, hoy exiliado en Barcelona, que pasando el mismo hambre que yo, madrugaba para ir a colaborar gratis en Radio Rebelde. A las 5.00 am marcaba en la cola de Coppelia, la famosa heladería del Vedado que abría a las 9.00 horas. Nunca fuimos los primeros y nos tocaba entrar sobre las 10.00. Me tomaba cinco bolas de helado de chocolate y con eso aguantaba todo el día. Pero eso iba por rachas, porque llegó el momento en que empecé a odiar el helado de chocolate y me pasé a los boniatillos (un dulce de boniato y azúcar típico de Cuba, que también se hace en España). Me lo tomaba caliente, casi en el punto de ebullición, sobre las 12.00 del mediodía, y con eso me sobraba para estudiar en la Facultad de Periodismo por las mañanas, hacerme mi curso de alemán por las tardes en la Cátedra Humboldt de La Habana y escalarme los 21 pisos de la beca para leer. No he vuelto a leer tanto como en aquella época. Devoraba libros a toda hora. Vivir la vida de los otros me mataba el hambre.
Recuerdo el hambre como un ardor profundo en el estómago, como un dolor de cabeza perenne, como un cansancio infinito. Y por el temor a comer carne, porque en cuanto la probaba venían las diarreas.
Yo compartía piso con chicos, casi todos gays (Guillermo Morales, Alexei Ruiz, Arturo Álvarez, Adonis Liranza...). Y ellos eran del campo, asi que traían comida de sus pueblos, porque en La Habana no había nada. Gracias a ellos sobrevivía. Para mí la hambruna duró un año. Para otros, mucho más. Aunque cuando todo pasó, no conseguí volver a pesar mis 55 kilos. De 45 no subía, todo me sentaba mal. Creo que de esa época arrastro una maldita úlcera que me está matando. Hoy no me puedo quejar. Tengo más kilos de los que deseo, pero por nada del mundo estoy dispuesta a pasar hambre. Quizás por eso no tengo fuerzas para ponerme a régimen. Nadie sabe si con la crisis me va a tocar regresar a Cuba. Por si vuelvo, prefiero regresar con reservas.

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