domingo, 5 de agosto de 2012

Trabajando en Melilla

Mi madre suele decir que soy de acero inoxidable forrada de corcho. Dice ella que por eso siempre salgo a flote. Se me acabó el contrato con 20 minutos el 27 de julio y el 30 ya había firmado otro contrato, en principio de tres meses, con El Faro de Melilla. El periódico es pequeño, clásico y tiene pocos recursos. Aquí se trabaja duro, pero eso para mí no es problema. A mí me gusta trabajar. Me tengo que acostumbrar a los nuevos horarios y a tener más espacio para escribir. Ya lo he hecho antes, así que esto será cuestión de un par de semanas.
Melilla es una ciudad pequeña y pobre. No me sorprendió cuando la vi porque mi jefe ya me había advertido de adónde me traía. Ahora estamos en Ramadán y por las mañanas la ciudad está desierta. A veces, de camino a la residencia de estudiantes y deportistas donde vivo provisionalmente hasta que encuentre piso, se me saltan las lágrimas. Yo no soy de llorar, pero de vez en cuando me sorprendo dando un espectáculo en la vía pública. Yo misma me regaño. Saco un clínex  y aquí no se llora más, carajo.
Por las noches hay tantos musulmanes en la calle, que me entra mono de ira misa. Y no soy católica. En fin, no me quejo. Si esto es lo que hay, esto es lo que hago. Echo de menos mi casa, mis libros, mi música... Y las cosas bonitas que me he dejado detrás. Ahora toca empezar de nuevo y en eso estamos.


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